1En pleno debate sobre el modelo de desarrollo que debe adoptar Europa en las próximas décadas, dos conceptos se imponen con fuerza: economía circular y energías renovables. Ambos no solo responden a la urgencia de frenar el cambio climático, sino que ofrecen una vía común para lograr una transformación profunda y sostenible del sistema productivo. En España, donde la transición energética ha ganado impulso en los últimos años, esta convergencia es más que una oportunidad: es una necesidad.
La economía circular propone superar el modelo lineal de producción y consumo basado en el “usar y tirar”, apostando por la reutilización, la reparación, el reciclaje y la valorización de materiales. Por su parte, las energías renovables representan la alternativa limpia a los combustibles fósiles, con fuentes como el sol, el viento o la biomasa que, a diferencia del gas o el petróleo, no se agotan ni contaminan. Pero ambas estrategias no pueden desarrollarse de forma aislada. La transición energética solo será completa si se apoya en un uso eficiente y circular de los materiales. Y la economía circular no puede prosperar si la energía que la alimenta sigue siendo sucia.
España ha logrado avances notables en energías limpias: más del 66 % de la electricidad en 2024 procedió de fuentes renovables. Sin embargo, aún no se ha resuelto qué hacer con los residuos que genera esta tecnología. ¿Qué futuro tienen las toneladas de palas eólicas o paneles solares cuando terminan su vida útil? ¿Estamos preparados para reciclar baterías a gran escala? En este punto, la circularidad se vuelve indispensable.
Algunas iniciativas como el programa Renocicla apuntan en la buena dirección, promoviendo la recuperación de componentes y materiales de sistemas energéticos. También las comunidades energéticas locales o los sistemas de autoconsumo colectivo permiten cerrar ciclos energéticos en el propio territorio. Pero para consolidar estos modelos hace falta algo más: planificación coordinada, incentivos a la inversión verde, adaptación normativa y, sobre todo, una visión clara de país.
La economía circular y las renovables no son simplemente tecnologías o estrategias de moda. Son, juntas, el núcleo de una nueva forma de entender el desarrollo. Si España sabe integrar ambas en su política industrial y energética, no solo reducirá emisiones o residuos: fortalecerá su autonomía, generará empleo y consolidará un modelo más resiliente. No basta con producir energía limpia; hay que hacerlo de forma inteligente. Y eso implica, necesariamente, pensar en círculo.


